El vitoriano Carlos Mena es no sólo uno de los mayores contratenores de nuestros días (y de siempre), sino que en la música religiosa prácticamente no tiene rival. Lo demostró con el “Stabat Mater” de Vivaldi (que acaba de grabar, con clamoroso éxito fuera de nuestro país), interpretado con una delicadeza, un refinamiento en el fraseo y una profundidad expresiva extraordinarios.
Interpretación extasiante, absolutamente conmovedora, con un acompañamiento que tal vez empezó y terminó un poco más fuerte de lo deseable, pero que fue un prodigio de matiz y de respiración con el solista. En la segunda parte, con arias operísticas de Haendel, Mena mostró un dominio exquisito del canto legato y de los matices más minúsculos de articulación, en especial en un "Ombra cara" de Radamisto cantado con una sensibilidad y una emoción siempre a flor de piel. Algo más terrenales resultaron las dos arias de bravura, muy bien dichas y ajustadas a estilo, pero con algún pequeño problema en los pasajes melismáticos más comprometidos
La voz de Carlos Mena se elevó límpida, cristalima, celestial, transmitiendo una sensación de irrealidad casi mística desde el inicial “Alma redemptoris Mater” que abría literalmente “la puerta accesible del cielo” (coeli porta manes). Acercarse a Tomás Luis de Victoria, con un canto tan inmaculado e inteligente como el que despliega el contratenor vitoriano, es un regalo impagable. La misma sensación se había producido unos meses antes en Madrid, cuando su Vivaldi flotó en el Teatro Real iluminado por la coreografía de Nacho Duato. Pero el recogimiento del convento de las Trinitarias hacía intuir otro tipo de experiencia, casi extra musical.
Los arreglos de vihuela o laúd favorecían un estilo de comunicación sencillo , sin afectación, sin grandilocuencia. Juan Carlos Rivera acompañaba con sutileza, con una naturalidad de mucha paz, y Carlos Mena potenciaba una dicción ejemplar en la elaboración del canto.
Carlos Mena resultó ser un verdadero serafín digno de figurar entre los espíritus que forman el primer coro de Dios. La afinación es impecable, la voz bellísima, la emisión siempre limpia y perfectamente controlada, la proyección, notabilísima, y no hay cambios de color en toda la extensión de su amplio registro. Posee una voz de contra tenor de primerísima categoría enriquecida por una musicalidad exquisita y un conocimiento cabal de las obras.